Con casco, chaleco, arnés y una soga, el descenso por una cascada da paso a la natación en un río caudaloso y la caminata entre orillas. Esta sensación es posible al adentrarse entre las piedras y la vegetación que ocultan a las Nueve Cascadas del Diablo en la parroquia San José de Alluriquín.
La primera cascada se encuentra muy cerca de la antigua carretera que unía Santo Domingo con la Sierra. A pocos metros, una elevación de tierra marca el inicio de la travesía. Por medio de cuerdas y trozos de madera se asciende hacia las figuras que el agua del río Blanco crea al caer sobre las rocas.
El recorrido requiere una hora de caminata y para llegar a la última cascada el guía ata la cuerda a una piedra por la que se debe subir para vencer a la fuerza del agua que cae. Al cruzar este pequeño tramo, los 70 metros de la cascada de El Ángel asoman entre la profusa vegetación subtropical.
Los novatos en esta actividad deben descender de espaldas con el cuerpo hacia atrás caminando con los pies sobre la roca. Los más experimentados bajan de frente colocando las dos cuerdas sobre sus hombros. El agua cae sobre el cuerpo y el corazón se tranquiliza al llegar al final de la cascada y hundirse en las aguas cristalinas.
En el diario de Colón del primer viaje se menciona el ají. En su segundo viaje, de retorno España, llevó la planta. Después de algún tiempo el ají entró en las mesas españolas, pero no con ese nombre, sino con el de "guindilla de Indias". Entre nosotros se usa más la palabra ají que uchu, este uso pudo deberse a dos motivos o porque Almagro, Ben ...