Un cementerio custodiado por guardianes de ciprés.
En el centro norte de Tulcán, provincia del Carchi, guardianes verdes custodian las criptas del cementerio, son las esculturas talladas en ciprés que junto a los muros y arcos, convierten a este camposanto en Patrimonio Cultural del Estado.
Desde 1927 el cementerio funciona aquí, su parecido con otras necrópolis empezó a desaparecer nueve años después, cuando el jardinero Azáel Franco talló la primera escultura con la forma de un caracol que asciende hacia el cielo y que hoy se conoce como Camino al Infinito.
El artista continuó, durante muchos años, su visión de rodear los espacios con muros para poblar el cementerio de árboles con rostros y figuras de ciprés trazadas geométricamente. Hoy en día, su hijo y otros jóvenes jardineros capacitados mantienen la obra y crean nuevos diseños y personajes.
Las ocho hectáreas que lo conforman, reciben más de 1,500 visitantes al mes; niños y adultos recorren el jardín maravillados por las 309 figuras, cuyas representaciones comprenden motivos de la fauna del país y de las culturas inca, valdivia, pasto, azteca, egipcia, romana y griega.
Después del atardecer, se opera un cambio en la apariencia de las esculturas, las cuales son encendidas por iridiscencias púrpuras y amarillas, producto de las luces dispuestas para que los corredores del cementerio puedan ser visitados en la noche. Los nichos y mausoleos se pierden en la penumbra y el observador mira entre sombras las vasijas, cántaros, botijuelas, y los rostros redondeados, quienes nacieron como pequeños cipreses y ahora se han convertido en centinelas de lo inefable.
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